Deliciosa Alcachofa

Foto: Envato

Cada vez que preparo alcachofas recuerdo mi niñez. Mis abuelitos tenían una granja muy grande y para nosotros, los niños, irlos a visitar era casi como ir al cielo. Pasábamos con ellos largas temporadas de vacaciones llenas de alegría, rodeados de su cariño y su tolerancia hacia nuestras ingenuas travesuras.

La granja estaba llena de árboles frutales de todo tipo: manzanos, ciruelos, membrillos, duraznos, persimun… Cuando teníamos antojo de alguna de estas delicias sólo teníamos que ir a cortarla y quitarle el polvo en el cristalino río que pasaba cerca. También había una enorme hortaliza, con tablones de todo tipo de verduras: lechugas, coliflores, tomates, chiles pimientos, cebollas, rábanos y otras. Uno de los tablones estaba dedicado a las alcachofas, una de las delicadezas favoritas de mi abuelo, quien era un gourmet, según me parece, desde que nació. 

En esa parte del huerto crecían los arbustos en cuyo centro aparecían, rectas y orgullosas las flores. Si las flores de alcachofa se dejan madurar hasta que se abren, son de un hermoso color morado y espinosas. Muchas personas no saben que lo que comemos y nos produce tanto deleite es en realidad una flor que se corta antes de abrirse. 

Cuando ya había una buena cantidad de alcachofas listas para ser cortadas, los niños corríamos detrás del hortelano a ‘ayudarle’. Las llevábamos en una cesta a la cocina donde, con unas tijeras muy filosas, les cortaban la parte superior de las hojas – como ¾ a 1 pulgada – para evitar la parte espinosa que a veces tienen. Con un cuchillo les cortaban el tronco, lo más pegado posible a la flor, eliminando las hojas pequeñitas de abajo. Las lavaban cuidadosamente y se cocinaban en una enorme olla de agua hirviendo – con una rodaja de limón, un diente de ajo y una hoja de laurel – entre 25 y 45 minutos (dependiendo del tamaño de la alcachofa) o hasta que las hojas se pueden separar con facilidad. (Quizá usted no se haya dado cuenta, pero le estoy compartiendo una deliciosa y muy amada receta familiar). No se tapa la olla para que las hojas no se pongan de color café.

En el grande y bullicioso comedor de mis abuelitos las comíamos como aperitivo, antes de la comida. Eran unos ratos muy agradables porque ir retirando hoja por hoja, mojarlas en la deliciosa salsa y comer su parte carnosa toma un considerable tiempo, lo que hace que la comida sea más agradable, salpicada de conversación despreocupada. 

Por si quiere saber con qué salsa se comen estas delicias le cuento que muchas personas remojan la hoja en mantequilla derretida con o sin ajo, en salsa ranch, en un aliño de aceite, sal y vinagre, o en mayonesa con un poco de vinagre balsámico o salsa de soya. En mi familia se comen con una salsa inolvidable, cuya receta ‘secreta’ escribo a continuación:

Para 8 piezas alcachofas cocidas: 1/4 taza de jugo de limón 2 cucharadas de mostaza preparada, 1 taza de aceite de oliva, 2 huevos duros picados en pedazos muy pequeños, ½ taza de perejil picado muy fino, 2 cucharadas de cebolla picada, sal y pimienta al gusto. Mezcle todo esto y ¡listo!

Las hojas (en realidad, los pétalos de la alcachofa) se van retirando de una en una y la parte carnosa se remoja en la salsa. La parte más clara y suave se pone en la boca en medio de los dientes para quitarla y comerla, es deliciosa. Luego se descarta el pétalo, para ello en la mesa debe ponerse un plato para cada dos comensales, con el fin de que depositen allí las hojas cuya pulpa se han comido.

Luego de haber terminado con todos los pétalos, queda una parte no comestible, con pequeñas espinas; con un cuchillo o cucharita retírela y queda lo mejor, ¡el corazón de la alcachofa! Pártalo en trozos y deléitese mojándolos en la salsa y comiéndolos despacio. El corazón es lo que sirven en la mayoría de restaurantes, rellenos o en otras recetas, pero la experiencia de comer una alcachofa entera, al natural, es única.

Los antiguos griegos y romanos consideraban a la alcachofa una delicadeza gastronómica y se le atribuían cualidades afrodisíacas. Se sabe que las personas del norte de África, los españoles del sur y los italianos las comían desde épocas muy antiguas. Catalina de Médicis, durante el siglo XVI las llevó a Francia cuando se casó con el rey Enrique II. Luego se extendió por todo el mundo.

Espero que usted y su familia disfruten de esta delicia culinaria tanto como la disfrutamos en mi familia, con recuerdos y todo.   

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